Monasterio San Lorenzo

Juan Bautista de Toledo fue el encargado de poner en pie esta inmensa obra sobre una superficie de más de treinta y tres mil metros cuadrados, en donde se ordenaban, alrededor de distintos patios interiores y con la como eje central, distintas dependencias: monasterio, hospedería, estancias reales, huerta, jardines, claustros, biblioteca, etc.

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Al morir el arquitecto, en 1.567, se hizo cargo de la construcción Juan de Herrera, quien la vio terminada en 1.584. Desde entonces, el lenguaje arquitectónico aquí utilizado, que creó escuela, se conoció por estilo herreriano.

Se basaba en el protagonismo de la pureza de la línea frente a cualquier abuso de elementos decorativos que distrajese la contemplación de la arquitectura. Así, en el exterior, resultan impresionantes los metros lineales de fachada que parecen interminables, con un sinfín de idénticos huecos de ventanas en hileras, sin resalte sobre el paramento liso del muro, recorrido horizontalmente por dos molduras apenas insinuadas, una a media altura y otra que marca el nacimiento del tejado a dos aguas de gra en el que se abren pequeñas buhardillas.

Los torreones de las esquinas prolongan en altura esta composición y realizan un doble juego: el de interrumpir la horizontalidad de la fachada de la que sin embargo hacen de elemento unificador, enlazando un paño con otro.

Se rematan estos torreones en pronunciados chapiteles a cuatro aguas, también en pizarra negra, que repiten el contraste cromático con la piedra. En ellos reside, precisamente, otra de las características del estilo herreriano. Los elementos decorativos quedan reducidos a pináculos y grandes bolas de piedra, características de ahora en adelante de este estilo.

El resto de los elementos que componen las portadas son eminentemente arquitectónicos: columnas que alternan órdenes dórico y jónico, entablamentos y, finalmente, frontones triangulares.

Fuente: arqhys.com

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